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UNIDAD DE QUEMADOS Y REHABILITACIÓN PEDIÁTRICAUNIQUER y la importancia de estar en los detalles para evitar quemaduras

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Con el frío invernal, aumentan las posibilidades de sufrir quemaduras, y en los niños la tasa es alta. Desde mayo, en la Uniquer están atendiendo pacientes con quemaduras características del mes de julio.

En el quinto piso del Hospital Pediátrico del Centro Hospitalario Pereira Rossell funciona la Unidad de Quemados y Rehabilitación (UNIQUER), el centro de referencia nacional de ASSE para la atención de niños, niñas y adolescentes quemados.

Desde que se abren las puertas del ascensor, el lugar transmite una sensación inmediata de cuidado. La limpieza es impecable. Los pasillos lucen ordenados, silenciosos. Apenas se escucha el murmullo de dos enfermeras que conversan mientras realizan sus tareas. Las paredes blancas, interrumpidas aquí y allá por dibujos infantiles y fragmentos de cuentos, logran aportar calidez a una infraestructura inequívocamente hospitalaria.

La doctora Beatriz Manaro, directora de UNIQUER, recibe al equipo de Comunicaciones de ASSE en un consultorio sencillo: un escritorio, algunas sillas y poco más. La austeridad del mobiliario contrasta con la complejidad del trabajo que allí se desarrolla cada día.

Cirujana plástica con una extensa trayectoria en el tratamiento de pacientes quemados, Manaro habla con la seguridad de quien ha dedicado años a enfrentar una de las situaciones más difíciles que puede atravesar un niño o una niña.

«La unidad atiende un promedio de tres mil pacientes al año. De ellos, unos 300 requieren internación o seguimiento en policlínica. Tenemos un promedio mensual de 150 pacientes y entre 30 y 40 son operados», explica.

Como se conoce por lo que sucede a lo largo de los años, las quemaduras tienen una fuerte estacionalidad, pero nunca desaparecen del todo: «El mayor número de quemados es las fiestas por los fuegos artificiales y en julio, pero este año ya en mayo tuvimos muchos niños con quemaduras importantes».


La cocina, el lugar más peligroso

Pese a las campañas de prevención, la principal causa de quemaduras continúa siendo la misma desde hace décadas: el agua caliente.

«La causa más frecuente sigue siendo históricamente el agua caliente. Antes era principalmente el mate; ahora se divide entre el mate, la jarra eléctrica y el baño», señala.

Las cifras son contundentes. El 80% de las quemaduras ocurren dentro del hogar. De ese total, la enorme mayoría afecta a niños menores de cinco años y se produce en la cocina: «El lugar más peligroso para los niños es la cocina. Cuando hablamos de una quemadura provocada por una jarra o un termo, estamos hablando muchas veces de lesiones que abarcan entre un 20% y un 30% de la superficie corporal de un niño pequeño. Es muchísimo».

Por eso insiste en medidas que parecen simples, pero pueden evitar tragedias: mantener recipientes con agua caliente fuera del alcance de los niños, orientar hacia adentro los mangos de las ollas, controlar permanentemente el entorno doméstico y extremar las precauciones durante el baño: «No es suficiente dejar una jarra en un lugar alto. Los niños trepan. Hay que mirar y remirar todo lo que dejamos a su alcance».


Un centro de referencia internacional

Manaro detalla el equipamiento y los recursos con los que cuenta actualmente la unidad: «Hoy podemos decir que tenemos un centro de excelencia. Tenemos 16 camas, cunas, dos bañeras de baño-terapia, una de ellas de última generación para las curaciones, y un equipo multidisciplinario completo».

De sus palabras, también es fácil deducir que la atención de los pacientes quemados requiere mucho más que cirugía: «Los niños quemados necesitan un abordaje multidisciplinario. Hay una etapa aguda que es la quemadura en sí misma, pero también hay un enorme impacto emocional. De repente un niño deja de reconocerse físicamente. Cambia su imagen, su cuerpo, su forma de verse. Por eso necesita acompañamiento psiquiátrico, psicológico y social».

A ese equipo se suman fisioterapeutas, indispensables para la rehabilitación: «Un niño que no se mueve no se rehabilita. Necesita recuperar el rango de movimiento, volver a caminar, volver a jugar».

UNIQUER también incorporó nuevas herramientas tecnológicas. Entre ellas, la telemedicina, un láser de alta frecuencia para el tratamiento de cicatrices, ecografía especializada, termografía y matrices dérmicas que mejoran los resultados reconstructivos: «El prurito es una de las secuelas que más sufren los niños quemados. La picazón puede ser desesperante. Con el láser estamos logrando disminuirla significativamente y mejorar su calidad de vida».

La directora destaca el acceso a injertos capilares para zonas de alopecia producidas por quemaduras, así como el uso de amnios y piel provenientes del banco de tejidos: «Hoy tenemos prácticamente todo para ofrecer. Incluso contamos con recursos que algunos centros internacionales de referencia no tienen. Podemos decir con orgullo que tenemos un centro al más alto nivel».



La historia de Natasha


En una de las salas de internación, Haydee Etchelar acompaña a su hija Natasha, de 11 años.
La niña duerme profundamente. Las heridas en su rostro y los vendajes que cubren gran parte de su torso y miembros superiores son testimonio de la gravedad del accidente que la llevó hasta allí.
Sentada junto a ella, su madre reconstruye con serenidad una historia que todavía duele: «Yo me levanté el 13, me fui a trabajar y antes de irme había desparramado las cenizas de la estufa porque ya estaba apagada. Me fui confiada».

Lo que ocurrió después fue inesperado: «Tenía un bidón con nafta porque voy en moto a trabajar. Me había quedado un poco y lo guardé entre la heladera y la mesada. Jamás pensé que Natasha lo iba a agarrar».
Según relata, la niña intentó encender la estufa utilizando el combustible «Ella lo había visto hacer a otras personas. Nunca imaginé que lo iba a intentar».

La llamada que recibió mientras trabajaba cambió todo: «Me llamó mi hermano y me dijo: ‘Haydee, venite porque se está prendiendo fuego tu casa, está la niña adentro'».

Cuando llegó, vecinos y familiares ya habían logrado rescatarla: «Lo primero que vi fue su mano y su cara. Nunca pensé que la quemadura hubiera tenido tanta extensión».

Las horas posteriores fueron críticas: «Cuando llegamos al CTI me decían que se me moría. Ahí recién tomé dimensión de la gravedad».

Desde entonces comenzó el camino de la recuperación, que ya lleva un mes y que será largo: «Ha sufrido, ha tenido dolor. Todo el equipo trata de calmarla, consentirla, mimarla, pero ha sido un proceso muy difícil».
La gratitud hacia quienes la atienden aparece una y otra vez en su relato: «Al equipo de salud le agradezco que me salvaron a mi hija. Gracias a ellos sigue con vida y sé que va a salir recuperada. Sé que no va a ser al cien por ciento, pero va a salir caminando de mi mano y nos vamos a ir juntas a casa».


Para Haydee, la experiencia dejó también una enseñanza que quiere compartir con otras familias: «Tenemos que mirar todos los detalles. Por más que cuidemos a los niños, ellos siguen siendo niños. Tienen esa inocencia de querer hacer lo que ven», concluyendo con una reflexión sencilla, pero profunda: «Somos el reflejo para esos niños».

Poco antes de finalizar la visita, Natasha despierta. No tiene ganas de hablar. Apenas levanta una mano apoyada sobre el reposabrazos del sillón y saluda tímidamente. Es un gesto mínimo, pero para su madre, para el equipo que la cuida y para quienes conocen su historia, representa mucho más: una señal de que el camino de recuperación continúa avanzando.

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